Amor fraterno
Norberto Luís Romero
Le aconsejo que no lo vea, me dijo el médico cirujano. Resulta algo desagradable y podría impresionarle; no es muy conveniente en el estado de convalecencia que usted está.
Pero usted me dijo que se trata de mi hermano, le repliqué entre el rezongo ya la exigencia.
Como usted quiera, cedió, mostrando una clara reticencia en el tono de voz y en el gesto, casi siempre adusto.
Y destapó la bandeja rectangular de acero inoxidable en la que estaba esa especie de pelota grisácea, lustrosa, húmeda, de aparente textura escurridiza y del tamaño de un pomelo, en la que con no demasiada dificultad se distinguían rasgos humanos, a pesar de estar enmadejados y comprimidos todos los miembros.
Confieso, con algo de pudor, que sentí una fuerte aprensión, casi asco, e instintivamente me aparté un poco de la mesa, aunque sin dejar de observar aquella bola sebosa. En esos momentos, mientras mis ojos la escrutaban, me vinieron a la mente recuerdos de infancia, imágenes en las que me veía entretenido, rodeado de juguetes, feliz, pero siempre solo o con mi madre cerca, o con amigos, nunca con un hermano.
¿Pero, de verdad es mi hermano?
Sí, su hermano gemelo. Estuvo aquí, me indicó tocándome suavemente el abultado vendaje en el costado izquierdo. Aquí se formó, vivió unos meses y allí estuvo alojado más o menos cuarenta y tres años, la edad que usted tiene, ¿verdad?
¿Muerto?
Sí, me respondió sin dilación, con una soltura en la que no ocultaba cierta prepotencia profesional. Claro, agregó, al menos lleva muerto más de cuarenta y dos años. Quizás vivió unos dos o tres meses después de haber su madre dado a luz.
¿Quiere decir que murió dos o tres meses después de haber nacido yo?
Eso parece en un primer estudio, a juzgar por su aspecto; pero la autopsia podrá confirmarlo.
Pero, tiene dientes, eso indica que…
A veces nacen niños con dientes, eso no significa nada, me interrumpió.
No llegó a nacer… murmuré.
Nunca vio la luz.
Venciendo el asco, volví a incorporarme en la silla y a acercarme a la bandeja donde yacía esa bola que parecía estar hecha con restos apretujados de un muñeco de goma, o como uno de esos balones que hacen los niños pobres con trapos, tiras de goma y calcetines viejos, me incliné y observé los rasgos que quedaban a la vista por el lado superior: un diminuto pie del que sólo se distinguían tres dedos perfectamente formados y con sus uñas, tan pequeñas como una escama de pez; un ojo cerrado, inmediatamente próximo a ese pie, y unos labios delgados entre los que asomaban dientes de conejo, adheridos a algo que se parecía a una oreja en miniatura. Me avergonzaba, mientras tanto, saberme observado por este cirujano que me había intervenido, mientras yo lo hacía con mi hermano, sin salir de mi incredulidad. Acaso él estaba comparándonos, sacando semejanzas, deduciendo transgresiones genéticas, qué sé yo. Y eso, que era mi hermano, formaba parte de mi intimidad más absoluta y se hallaba ahí, expuesto ahora a la curiosidad ajena y siempre malsana.
¿Y dice usted que se formó y creció dentro de mi?, me atreví a preguntar, siempre perplejo y procurando que no advirtiera que mi perplejidad rozaba la repulsión. Y agregué: ¿usted estará acostumbrado a ver estas cosas?
Sí, a veces ocurre, muy pocas, uno entre cientos de miles. Éste es uno de estos casos excepcionales. Lo siento, le tocó a usted: en los primeros días de gestación uno de los dos embriones se enquista en el otro, los órganos de éste último ejercen de matriz y este feto, parásito del otro, se desarrolla durante un tiempo indeterminado…
¿De modo que, en cierto sentido, soy su madre?, dije con ironía.
No, no exactamente… replicó, sonriendo con ese gesto de sobrada erudición que tan mal me caía. Técnicamente es su hermano y no su hijo, pues usted no lo ha concebido, sólo ha aportado, llamémosle, la matriz en la que se formó.
Pero soy su madre, lo interrumpí, midiendo con esta aseveración el alcance de su arrogancia. Soy la madre de mi hermano. Es una ironía, pero es así: yo, hombre, soy la madre de mi propio hermano porque lo gesté en mis entrañas. ¿Supongo que esta relación de parentesco es inclasificable?, agregue con sarcasmo.
Entiendo que se sienta sobrecogido e incómodo, pero usted no tuvo la culpa, me dijo compadeciéndome, mirándome con un amago de sonrisa, mientras volvía a cubrir con el paño verde la aséptica bandeja.
No, le dije, no lo tape; todavía no he acabado de verlo. Tengo derecho a conocer a mi hermano, o mi hijo, o quien quiera que sea que he llevado en mis entrañas durante estos cuarenta y tres años en los que ustedes me dijeron más de una vez que era un quiste.
De hecho se trata de un quiste, zanjó.
Y me obedeció haciendo un gesto de despreocupación, y obviando mi reproche me dijo: como usted desee, y se apartó un poco para dejarme sitio y dedicarse a fingir que leía unas notas, para no enfrentarse a mi curiosidad ni sentirse obligado a responder a mis preguntas, que juzgaba impertinentes o incómodas. Decididamente me caía mal; desde que lo vi por vez primera, durante la breve entrevista de rutina que mantuve con él previa a la intervención, la percepción adversa que tuve de este cirujano se acentuaba a medida que lo trataba. Era antipático y sobradamente creído de sí mismo y había llamado parásito a mi hermano. Había en este hombre una falta de ética asombrosa, y asimismo de tacto. Aprovechando que él fingía estar ocupado leyendo, lo miré abiertamente: era un hombre alto, bien plantado, de rostro varonil y hermoso. Miré entonces al que aseguraba que era mi hermano y percibí un abismo entre ambos, comprendí que este hombre se sintiera superior a otros, pero su buena planta no justificaba de ninguna manera su arrogancia. Me pareció injusto lo que dios había hecho con mi hermano, pero comprendí asimismo que tienen que existir monstruos que justifiquen la existencia de la belleza.
Ya sé que usted no tiene la culpa, le dije, se limitó a sacármelo de dentro, convencido de que se trataba de un quiste, un enorme quiste benigno, pero que convenía extraer porque —como usted mismo manifestó—, nunca puede saberse en qué pueden acabar…
Reaccionó con susceptibilidad:
Era mi obligación.
También podría haberse quedado aquí, dije señalando mi costado dolorido bajo los vendajes, en mi bazo, donde estuvo toda la vida.
Bueno… vaciló, molesto, pero también confundido por mi insistencia, no era aconsejable.
Pero usted me dijo que no era maligno.
Sí, pero también le expliqué que nunca se sabe cómo evolucionará este tipo de absceso, son imprevisibles, dijo con soberbia.
Este tipo de absceso es mi hermano. Ya sé que él nunca habría llegado a ser un hombre normal, como usted o como yo, ni siquiera habría llegado a nacer, pero podría haber seguido enquistado en paz en mis entrañas, y yo convencido de que no era más que un tumor benigno, e ignorando su monstruosidad. ¿Cree que me siento orgulloso?, agregué señalando la bandeja sobre la mesa y mirándolo directamente a los ojos.
Creo que será mejor que vuelva a su habitación y descanse, me sugirió con fingida amabilidad, aunque visiblemente contrariado y más desagradable que nunca. No creo que sea beneficioso para usted hablar de este tema en estos momentos, tal vez más adelante, cuando esté totalmente restablecido… cuando le quitemos los puntos…
Me aterra conocer, al cabo de los años, que he llevado en mis entrañas ese objeto monstruoso, y que un día haya estado vivo compartiendo mi carne, mi sangre, mis fluidos ¿Y cómo sé que no estaba con vida cuando usted me lo sacó del vientre?, le espeté.
Señor Romero, me dijo con sorna y como mirándome por encima del hombro, su hermano llevaba muerto muchos años, ya se lo dije. Y agregó con premeditada intención de herirme: murió después de nacer usted, al cabo de un par de meses; debería pensar en ello… Y se calló, aunque exhibiendo sin pudor alguno un marcado brillo triunfalista en los ojos.
También yo guardé silencio, pero no por ello dejé de mirarlo fija y recelosamente, porque no me sentía culpable de nada, menos aún de haber matado a mi hermano.
Píenselo, insistió el muy desgraciado. A veces el organismo rechaza lo que considera…
¿Ajeno? ¿Intruso?
Algo así.
¿Y qué harán con él?
No supo o no quiso contestarme de inmediato. Carraspeó, se llevo las manos a los bolsillos, busco apoyo con la mirada en torno suyo, y al no hallarlo, me respondió apenas con un murmullo que no entendí, pero que creo que se refirió a que yo no podría intervenir en el asunto.
Es mi hermano, volví a decirle.
Sí, pero en estos casos…
Tengo derecho a darle sepultura, a hacerle un entierro digno como a todo ser humano.
Le repito que sería mejor que ahora dejáramos el asunto para más adelante. Esto debe determinarlo un comité deontológico, no es un caso usual.
Suponga que fuera hermano suyo, o hijo suyo, ¿qué haría?
No me respondió, le había tocado una fibra íntima, quizá tuviera sentimientos.
Mientras tanto, yo no dejaba de echar miradas a mi hermano, a aquella bola que yacía en la bandeja como dispuesta para ser llevada al horno, como un pollo relleno o un roatbeef. Por un instante creí verlo guarnecido de zanahorias, patatas y guisantes, untado con un buen caldo y granos de pimienta, y me avergoncé en el acto, me pareció indigno de mí pensar una cosa semejante. No sólo me había deshecho de mi hermano, ahora lo imaginaba como un despojo de carne, como un mero trozo de vacuno, un eslabón más en la cadena alimenticia.
Entonces oí la voz del cirujano, un murmullo que me decía, como para quitarse el peso de su conciencia:
Usted dio su consentimiento.
Será caradura, pensé. Y extendí una mano para tocar con la punta de un dedo a mi hermano. Sentía curiosidad por saber qué tacto tendría. Estaba frío y era duro y seco a pesar de su húmeda apariencia, demasiado compacto, y al contrario a lo que había imaginado, nada elástico. Tuve un ligero escalofrío. Me pregunté si una madre experimenta algo así al tocar a su bebé por vez primera. Mi hermano estaba frío; claro, al fin y al cabo estaba muerto y los niños que nacen vivos son cálidos y blandos. No, una madre experimenta algo muy diferente y agradable a esta sensación destemplada y repugnante que genera instintivo rechazo. Reuní cierto coraje y me atreví a darle la vuelta para ver su envés. Allí estaba el resto de la cara y una mano, demasiado larga, con todos sus deditos finos como palillos. La nariz se incrustaba en lo que parecía una rodilla, y el ojo izquierdo, que no tenía pestañas, estaba un poco abierto. Me incliné para verlo mejor.
Tiene los ojos verdes, como yo, le dije al cirujano, que permanecía de pie, con la mirada perdida, seguramente pensando en que sus hijos a esa hora estarían a punto de salir del colegio. Él tendría unos hijos hermosos, perfectamente formados, sanos y vivos, y no tenía por qué estar contemplando lo que tenía delante, a mi malogrado hermano enquistado.
Es usted cruel, le dije en voz muy baja.
¿Cómo dice?
Nada, olvídelo.
¿Nos vamos? Tiene que volver a su habitación.
Aún no. Quiero saber todo de mi hermano, tengo derecho… Y en ese momento sentí una punzada bajo las vendas que hizo que me doblara por la cintura, a la par que proferí una queja.
Señor Romero, insistió el cirujano, creo que es mejor para usted que regrese a su habitación.
Pero apenas pude oír sus últimas palabras porque el dolor me lo impidió y caí al suelo, retorciéndome entre espasmos. Él aprovechó mi estado de indefensión para arrojar el trapo verde sobre la bandeja y enseguida se agacho a auxiliarme, honestamente alarmado, y llamó a voces a los enfermeros. Es lo último que pude oír.
Cuando recuperé el conocimiento estaba en mi cama. Tenía el suero puesto y por la misma vía entraba otro líquido ambarino. Una enfermera me sonreía mirándome como si yo fuese bobo. Me dijo que estuviera tranquilo, que no me preocupara por nada y que no tardaría en reponerme. Pero yo sentía mi cabeza como si fuera una pelota, a punto de estallar. Todavía tiene un poco de fiebre, me dijo. Ha tenido una infección en la herida.
¿Es grave?
Ella sólo me sonrió, me dio una palmadita en un brazo y se marchó dejándome solo. Entonces miré a mis lados buscando hallar a mi hermano, ero no estaba allí, en la cama conmigo. Los médicos son insensibles al dolor ajeno, a los sentimientos ajenos. A nadie le importaba ni mi hermano, ni lo que yo sintiera por él.
A mitad de la noche, cuando estaba sumido en una agradable y despreocupada duermevela, se abrió la puerta y entró una enfermera de pelo rubio que me volvió a comprobar la temperatura; juraría que mascaba chicle. Pulsó el timbre y se fue. No sé exactamente cuánto tiempo transcurrió, pero llegaron el cirujano, un par de doctores más y un caballero trajeado y con aspecto huraño. Cuchichearon no sé qué cosas sin atreverse a mirarme a la cara. Por la puerta entornada vi dos figuras en el pasillo, que no pude distinguir, pero juraría que llevaban gorra de plato o algo similar. Mi cirujano cerró la puerta de ex profeso para evitar que yo viera el pasillo empujándola suavemente con el pie. Uno de los médicos traía una carpeta bajo un brazo, otro llevaba algo en el bolsillo que no cesaba de darle vueltas con una mano y hacía un ruidito metálico muy molesto. Enseguida llegó una enfermera con el bozal puesto, como una perra rabiosa, y me miró directamente a los ojos. Traía algo en sus manos, algo cubierto con uno de esos malditos paños verde claro que utilizan para esconderlo todo con falso pudor. Los cuatro se pusieron a hablar entre ellos, pero sus palabras obedecían a un lenguaje tan sumamente técnico que no pude enterarme de nada, mientras que el hombre de traje sí les entendía, porque tomaba rigurosa nota de todo en su carpeta. Me limité a mirar fijamente el bulto que llevaba la enfermera, juraría que se trataba de mi hermano y por un momento tuve la esperanza de que lo dejaran conmigo, arropado a mi lado, como un hijo que necesita el calor de su madre. No ocurrió así, siguieron hablando, ignorándome. Yo sólo quería que se fueran de allí y me dejaran solo, pero antes me dieran a mi hermano. Entonces vi un punto púrpura en medio de aquel paño verde, un punto del tamaño de una moneda de un céntimo que crecía lentamente.
Será lo mejor, —le oí murmurar al cirujano en realidad leí sus labios, pues apenas era audible su murmullo—, mientras le arrebataba el bulto a la enfermera con cierta brusquedad y lo ponía fuera del alcance de mi vista. Ella, por toda respuesta, le sonrió suavemente y con malicia, de una forma tan sutil que creo que los demás no lo advirtieron.
Vamos, dijo entonces uno de ellos.
Y salieron de allí llevándose a mi hermano. En el momento en que abrieron la puerta para irse, seguían apostados en el pasillo los hombres uniformados, los de la gorra de plato, y ahora sí pude ver con toda claridad que se trataba de policías, pues llevaban en su pecho la insignia. Disimuladamente miraron hacia mí. Bueno, la verdad es que no lo hicieron con suficiente disimulo, pues note al vuelo la mirada delatora de quien está punto de emprender una acción beligerante, y antes de que los doctores cerraran la puerta del todo les oí murmurar:
Él lo mató.